martes, 21 de agosto de 2012

Zona liberada


Siempre que me preguntan si conozco la calle Amenábar, contesto que si porque tengo clara su ubicación en el mapa. Y hasta si me preguntan una altura, también sabría la respuesta. La calle tiene una dirección y una longitud, creo saber desde donde hacia dónde va, con qué otras calles se cruza, pero ¿eso significa conocerla?
Puedo decir que la calle completa no la conozco, sólo alturas de la misma y en particular al 700. De esa cuadra sé con exactitud que hay 6 edificios (uno nuevo y el resto de una antigüedad de 10 años aproximadamente), 6 casas, una farmacia en la esquina de Lacroze, en enfrente un comercio de telas, un albergue transitorio, una peluquería, una sucursal de la heladería Frahel, una modistería, una pequeña inmobiliaria  y un hotel de barrio. No fue una calle que en mi infancia caminara, tampoco era una calle que mi madre agarrara frecuentemente con el auto, no la reconocía porque no me era útil, ni siquiera para ir de una amiga o a casa de papá... Y sin embargo hace año y medio que me resulta familiar en el transito diario. Paso muchas horas en un departamento que da a esa calle y aunque es muy recorrida me atrevo a decir que nadie se detiene a mirarla o que muchos la miran en silencio.
Esa altura de la calle tiene la particularidad de ser conocida desde hace un tiempo como una zona liberada para aquellos que roban ruedas de autos. Supongo que de todas las calles se dicen cosas y es bien conocida la frase “creer o reventar”. Yo soy de esas personas que se creen todos los mitos de las ciudades y todo lo que escuchan. El problema se hace grave cuando puedo comprobar esos mitos con mis propios ojos.
Martes 15 de febrero del 2012. Eran las tres de la tarde cuando estaba leyendo en el balcón del departamento de mi novio que da a la mitad de la calle Amenábar al 700 y por allí también está la entrada al edificio. Una construcción de aproximadamente un año con una entrada de garaje y junto a ella hay un portón, quienes viven allí saben que detrás de ese hierro no existe un lugar para poner autos, más bien es un espacio que podría ser alquilado como comercio. Desde afuera, sin embargo, hay un cartel que indica: prohibido estacionar.
En la lectura distraída miraba hacia abajo. El balcón al frente es de cemento con una baranda de apoyo pero sobre el costado son sólo hierros alineados. Autos y autos transitaban por la cuadra. Mujeres con niños caminando, un hombre que pasaba apurado y un auto que había capturado mi atención. En aproximadamente diez minutos había  transitado la calle en cuatro ocasiones a marcha lenta. Sin embargo nadie estaba atento a él. Era un Renault 9 bordo que pasaba muy despacio por la calle. Primero cerca de los autos que estaban estacionados sobre mano derecha, en la segunda pasada sobre los que estaban en mano izquierda y una tercera que iba por el medio. En la cuarta el automóvil se detuvo muy cerca y en doble fila al lado de un Volkswagen Bora gris. El auto estaba mal estacionado, justo frente al prohibido estacionar del portón del edificio. No sé si fue intuición femenina o simple chusmerío pero necesitaba saber que estaba pasando. A paso lento dejé las hojas en la mesita y en silencio me asome a la baranda sobre el cemento. Mientras tanto los dos hombres se bajaban del Renault bordo y se metieron entre los dos autos. La primera fila me permitía mirarlos con intriga y nervios pero tratando de evitar que ellos no me vieran ni supieran que estaba allí. Mi respiración de repente se hacía fuerte y los ruidos de la calle se apagaban lentamente. Sus voces sin embargo eran mudas desde el tercer piso. Mente en blanco al servicio de la interpretación de la situación. Uno de los ellos, el rubio, se apoyó de espaldas sobre el costado trasero del Bora con una pierna en el piso y otra sobre lo que sería la cola del auto. Se cruzó de brazos y hablaba con su compañero que estaba agachado al lado de él con una herramienta en la mano. Los transeúntes miraban con normalidad esa situación. Hasta en mi inocencia pensaba que uno de ellos era el dueño del auto y el otro lo estaba ayudando a cambiar la rueda. En ese entonces el hombre agachado hizo un poco de fuerza hacia atrás y le pidió a su compañero que hiciera fuerza contraria, como si sostuviera el auto. Pero la fuerza de la contracción todavía no daba a luz. El agachado pidió al rubio que sacara un objeto del Renault. Ese objeto que quitó del asiento trasero de su auto era un ladrillo. Sin embargo el hombre no cerró la puerta. Su compañero agachado sacó la rueda, colocó el ladrillo, se paró y metió la rueda trasera del Bora en el asiento. En segundos el tráfico se hizo intenso, se escuchó la bocina de un auto que maldijo a los dos hombres del Renault por estar parados en doble fila y entorpecer el tránsito. Fue como si los ojos se despertaran de una pesadilla. El corazón empezó a latirme a mil. Le grité a mi novio que viniera al balcón. En el grito me metí para adentro porque de repente todos los ruidos volvieron a nacer. No quería que me vieran ni que supieran que los vi. En el torpe movimiento corrí la mesa hacia atrás, cayeron las hojas y la birome. Levanté todo rápidamente. Las manos me temblaban y mi novio no venía. Los hombres que se robaron la rueda del Bora cerraron la puerta trasera del Renault, se subieron a su auto y poco a poco se alejaron. Agarré la birome y anoté la patente en mis hojas. Los números se me hacían confusos porque mi mano no escribía con claridad. Cuando levanté la cabeza y miré hacia la derecha vi un señor mayor, también en su balcón pero del edificio siguiente mirando hacia donde yo estaba. Me pregunta: “¿Se robaron la rueda o yo vi mal? ¿Pudiste anotar la patente? Hay que hacer una denuncia policial, no es la primera vez que pasa esto acá”. Fue la primera vez que vi algo así y también la última, aunque supe que no dejó de ocurrir, solo que no estuve allí para verlo. Algunos dicen que "solo se llevan ruedas Volkswagen", otros que se llevan las de todos los autos y hasta que las tuercas de seguridad ya no son garantía de nada.
Efectivamente esa tarde se habían robado una rueda, en este caso de un Volkswagen. Yo sabía que había anotado la patente, sin embargo elegí contestarle a aquel vecino que no la había llegado a anotar. Los ojos se quedaron perdidos en esos minutos que parecieron una eternidad. Me dejé caer en la silla del balcón. El cuerpo me pesaba y la cabeza iba a mil por hora. No fue que no quisiera denunciar lo que había visto, fue que no me sentía lo suficientemente valiente para hacerlo. Tenía miedo de las preguntas que me pudiera hacer la policía y si tuviera que reconocer a alguno de esos hombres, no me sentía capaz. Sus caras se iban desfigurando en mi memoria, quizás las estaba bloqueando pero había algo más que no me estaba dejando pensar. Sentía culpa pero no tenía la seguridad de que avisando a la policía esto iba a dejar de suceder, sospechaba que quizás ellos estaban involucrados porque por alguna razón eso es una “zona liberada” ¿no?

jueves, 28 de junio de 2012

"Es una residencia"


Caminando por San Juan, al llegar a la esquina vi una puerta abierta de hierro gastada y vidriada sin una persona que controlara la entrada y salida. Al ingresar un corredor largo y oscuro. A lo largo del pasillo, una puerta a la izquierda donde se escuchan niños gritando y se huele el ajo en aceite, una escalera sobre la izquierda y una puerta en el final. Al subir, cables pegados a la pared, lamparitas colgadas y pintura que se quiebra quizás por la humedad. Luego tres puertas más, una de ellas similar a la de la entrada, vidriada y gastada, pero con una cerradura más baja que la cadera de una persona de 1.60 mts, cerrada con llave. Al tocar la puerta está Julio “o Pancho como prefieras”. Su casa es una residencia como él elige llamarla, “no es un hostel, es una residencia” remarca, donde convive con ocho personas más, 3 mujeres y 5 varones de no más de 30 años pero no menores a 20 aunque todos extranjeros.  Su requisito cuando les alquilo los cuartos fue q sean mayores de 25 años, no quería "pendejos de joda, en pedo y al pedo todo el día", sin embargo Quentin, el francés y Mónica, de Estados Unidos, son excepciones de 20 años, como muchos que pasaron por allí que se sentían adultos o quizás Pancho cuando se los explico les hizo entender que había una forma de ser allí.
Este lugar fue comprado con el objetivo de "crear un ambiente cultural" que ya después de 3 años sigue en proceso, con un proyecto de juntar libros y crear una biblioteca.
Al caminar por lo que sería el comedor continuo a la puerta de entrada y la cocina, una mesa con un banco y sillas de madera alrededor; una cocina con el artefacto mismo, la heladera, pava y vajilla suficiente para todos. En este piso está su cuarto, pintado recientemente de un color pastel, con un escritorio grande con libros abiertos, cuadernos, biromes, apuntes. “Disculpa el lío, pero esta semana estoy rindiendo a full”, me dice Pancho tímidamente. Camisas colgadas a la vista, la cama con un acolchado y además de la luz del techo, una lámpara de escritorio. A la izquierda como doblando una esquina, está el baño y también el cuarto de Ingie, “la canadiense que está acá desde abril por el anuncio de internet, estudiando español en la UCA por un convenio con su facultad”, y a la derecha de su cuarto, el de José, “es chileno, tiene 27 años y hace tres que está en el país cuando vino con su ex novia, con la q se peleo hace medio año aproximadamente y vive acá desde ese momento en el que nos conocimos en el CBC de la UBA que cursábamos economía juntos y se quedó ayudándome un poco. Cuando yo no estoy, está el a cargo”. Además en el medio de aquellos cuartos, hay un techo que da a la “casa de los peruanos”, aquellos que ya estaban ahí cuando él compro el lugar y que no están dispuestos a abandonarla, por lo que hay un abogado de por medio para resolver la situación. “Mi abogado dice que no haga nada, pero entre el olor que largan cuando cocinan, los ruidos, tener los papeles y que encima no se vayan, me dan ganas de sacarlos a patadas”. Pancho continúa el recorrido y subimos unas escaleras pequeñas y empinadas hacia un entrepiso donde hay bolsas de construcción, un lavadero, una puerta al cuarto de Quentin, y nuevamente otra escalera donde hay una mesa de madera con bancos y sillas grandes como de playa. Allí y con computadora en mano están Corina y Chris, dos alemanes que llegaron al país, hace cinco meses él y dos ella. Están en pareja y buscan trabajo pero “no es fácil encontrarlo”. Él es barman y dice que el salario acá es muy bajo con respecto a Munich, pero además tiene intenciones de seguir viajando al menos un año más y después volver. Ella estudió literatura y es profesora de inglés, además de alemán. Necesita un trabajo estable para “poder volver y  también para viajar un poco más”. Ellos comparten el piso con Mike de Estados Unidos que habla muy bien español y con Mónica y Xavi, un español que tiene una frase pegada en la puerta de su cuarto “las posibilidades sólo están limitadas por tu imaginación”. Además allí hay otra cocina y otro baño. Pancho cuenta que a veces cuando están todos comen juntos y algunos mantienen sus costumbres: “Ellos (señalando a los alemanes) comen carne una vez a la semana y muchos vegetales. Cocinan rico y de a poco logramos que coman dos veces a la semana y los últimos domingos del mes hacemos asado”. Aunque él es residente estable dejó de ser un guía turístico, “me pudrí un poco, porque vos te despertás, vas a la facultad, a trabajar y volvés a tu casa.Yo me levanto y están ellos, vuelvo de trabajar y estoy con ellos, vuelvo de la facu y sigo con ellos, vivo con ellos, prefiero hablar de cómo viven la ciudad, que hicieron en su día, otras cosas”.
Pancho retomó sus estudios, aunque no su carrera de Ingeniería en Sistemas, está estudiando Filosofía en la UBA y en el conservatorio de música. Él compró este lugar porque tuvo la posibilidad económica y vio un negocio allí, aunque nunca esperó encontrarse con “los peruanos”. Con respecto a ellos, los alemanes contaban que en su país, es imposible entrar en forma ilegal y poseer una vivienda sin contrato. Entre los alemanes y Pancho se ve una relación de cortesía pero de confianza también.
Ellos dos fueron los primeros que se hospedaron aquí y a los que conoció cuando se dedicó a viajar por el mundo luego de dejar sus estudios y su trabajo. Después llegaron amigos de amigos que lo recomendaron y por último los del anuncio en internet. Si bien el cobra un alquiler por mes, busca hacer de ese lugar una residencia, un lugar común a todos y donde se sientan cómodos sin un “dueño de casa que les estuviera encima con el tema del orden y los ruidos, cada uno tiene su cuarto y lo cierra con llave, hace lo que quiere ahí. Los espacios compartidos los intentamos mantener en orden porque son de todos”. Pancho vive en esa residencia y tiene su negocio allí, pero vive su experiencia como un intercambio cultural en su propia casa sin necesidad de salir porque al fin se reencontró con Buenos Aires.

jueves, 28 de julio de 2011

La crisis


según Albert Einstein

“No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera las crisis, se supera a sí mismo sin quedar ‘superado’.

Quien atribuye a las crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y las soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.”




Every end is just a new begginnig

domingo, 10 de abril de 2011

La silla vacía


Nunca me importó el juego en sí, sino con quien lo jugué. A medida que crecía, iba adquiriendo tantos triunfos como derrotas. Reunirnos seguido era difícil pero por lo menos una vez a la semana teníamos una partida de burako acompañada de mates. Hace dos años esa rutina ya no existe. Ese juego sigue intacto para mí, pero mi rival dejó su espacio vacío.

martes, 19 de octubre de 2010

Mi papá, Boca y Yo



(un cuento que escrbí para la facu en donde tenía que relacionar algún equipo de fútbol con un familiar y claro, conmigo)


(Por Rocío Barrera)


Cuando uno es chico, los mayores tienden a tomar las decisiones por uno o al menos persuadirnos a tomar las mejores para nuestro bienestar porque ellos ya vivieron todo y tienen más experiencia. Es por eso que muchas veces eligen por nosotros o simplemente lo hacemos para darles el gusto a ellos. Sin embargo siempre resulta difícil complacer y dejar contentos a todos con las elecciones hechas. Antes de que yo naciera mi familia acostumbraba a practicar distintos deportes en River. Con el paso del tiempo se fueron formando amistades, grupos y la función social del club tomó prioridad en mi entorno. Mi papá, cabe mencionar, era hincha de Boca; jugaba al fútbol y a la mayoría de sus amigos los veía cada fin de semana en una cancha, mi mamá estaba federada en tenis y cada sábado y domingo le pegaba a la pelota amarilla en un rectángulo de polvo de ladrillo, mi abuelo no sólo jugaba al tenis sino que formaba parte de la Comisión y mi abuela se juntaba a nadar y luego a jugar al burako en los quinchos. Mi infancia estaba destinada a desarrollarse en ese ambiente, quisiera o no, la mayoría de mis ratos libres los iba a pasar practicando alguna actividad o relacionándome con la gente de ahí. Cuando cumplí 5 años ya tenía mi carnet de socia, a los seis empecé a jugar al tenis, a los diez me federaron y comencé a representar al club frente a otros en distintos torneos. Cuando me quise dar cuenta, había pasado mis primeros doce años de vida y más allá de jugar en River, cuando me preguntaban de qué club era hincha, yo contestaba no sé. El fútbol nunca me interesó mucho pero de los pocos partidos que veía por televisión, lo que siempre me llamaba la atención era la hinchada de Boca, el equipo podía ir ganando, empatando o perdiendo pero siempre se escuchaba cantar a la gente. Obviamente donde yo pasaba la mayor cantidad de tiempo de eso ni se hablaba pero en el colegio la mayoría de mis amigos era del xeneize y además de cantar siempre, ellos me contaban que cuando el equipo salía a la cancha se movía todo y que podía ir a cualquier estadio de Argentina pero en ningún lado iba a sentir lo que se sentía en la Bombonera.


Antes de empezar la secundaria mis papás decidieron separarse, esto trajo como consecuencia que mi papá dejara de frecuentar el club y mi mamá, mi hermano y yo nos fuésemos a vivir un tiempo a Ushuaia. Los dos años que pasamos en el sur cambiaron definitivamente mi modo de vida, no había más River, no había más tenis y el único contacto que mantenía con mi padre era telefónico. Esto hizo que de alguna forma cada vez que veía en la tele un partido de Boca, yo pensara en él y empezara a mirar con cariño esos colores. Una tarde haciendo zapping me detuve en TyC sports, los periodistas que aparecían en pantalla intentaban explicar cómo se iban a parar los equipos en el superclásico a disputarse dentro de cuarenta y cinco minutos. Apagué la tele y puse la alarma del reloj a las 15:30 dispuesta a vivir a la distancia este partido. El tiempo con el que contaba antes de iniciarse el encuentro lo aproveché para llamar a mi papá. A dos cuadras de donde vivíamos había un locutorio, le dije a mamá que iba al kiosco a comprar caramelos y me fui. Me senté en la cabina dos, marqué el interminable número y él enseguida atendió. Después de charlar acerca de cómo me iba en la escuela y de los nuevos amigos que tenía, le conté lo que iba a hacer en un rato. Al escuchar que su hija a la que jamás le había interesado la pelota se había puesto una alarma para mirar el clásico no lo podía creer, durante toda mi infancia jamás me había sentado a mirar un solo partido de fútbol pero de esta forma lo sentía más cerca. Antes de saludarlo y cortar la comunicación le prometí que cuando terminara el encuentro lo iba a volver a llamar para hablar del mismo. Lo saludé, colgué el teléfono y volví corriendo a casa porque ya casi era la hora.

Preparé el mate y los bizcochos en la mesa del comedor donde estaba el Sony de 29 pulgadas y le pedí a mamá que durante un rato largo no me molestaran ya que debía prestar mucha atención a lo que iba a pasar. El estadio Monumental estaba lleno, cada tribuna estaba repleta y sólo faltaban los protagonistas. Cuando salieron los dos equipos a la cancha, todo se llenó de color, el humo de las bengalas y la cantidad de papelitos no permitían divisar el campo de juego. A medida que pasaban los minutos todo se fue calmando pero escuché algo que me hizo acordar a mis compañeros de la escuela de Capital, la gente que se encontraba en una de las bandejas más altas no dejaba de cantar, de hecho el partido lo terminó ganando el local 2-0 y ellos nunca dejaron de alentar. Antes que empiece a oscurecer le pedí permiso a mi mamá y volví al locutorio para cumplir con mi promesa. Papá volvió a atender y aunque su voz no era la mejor se puso contento porque aún a la distancia habíamos compartido algo juntos y para mi sorpresa me dio su palabra de llevarme a la Bombonera para el próximo superclásico que se iba a jugar dentro de seis meses. El tiempo pasó bastante lento y una de las cosas que pasaban por mi cabeza era cómo iba a ser ese día, cada fin de semana intentaba seguir el partido de Boca como una forma de sentirme más cerca de él y tener otro motivo para llamarlo. Los nombres de los jugadores se fueron haciendo familiares y sólo restaba esperar que llegue el gran domingo. El plan estaba armado de la siguiente manera: el jueves llegaría mi papá a buscarme, pasaría unos días con él y el superclásico sería el gran protagonista de nuestro fin de semana, y así fue. Cuando el calendario marcó el nueve de mayo, a las diez de la mañana sonó el timbre de mi casa, mi bolso estaba listo, el auto también y era hora de emprender el viaje a Buenos Aires. Pasamos tres días increíbles pero lo mejor estaba por venir, el sábado como para ir palpitando el evento hicimos un recorrido por Caminito, una calle de 100 metros recuperada por un vecino que limpió ese terreno y que lo rodeó de las típicas casas con paredes de chapa pintadas de distintos colores, espectáculos callejeros, una feria de artesanías y unos museos de gran interés tanto para turistas como para porteños. El domingo me desperté muy temprano, estaba bastante ansiosa pero todavía faltaba un rato así que lo ayudé a preparar el almuerzo para después irnos para la Bombonera. Cuando terminamos la comida me dijo que me tenía que dar una cosa tan importante que no podía faltar en ese día tan especial. Sacó del placard una bolsa naranja de Nike y me regaló la camiseta azul y amarilla, esos colores que venía siguiendo hace meses gracias a él y con mi número favorito, el nueve. Mi felicidad iba creciendo aún más mientras me la probaba y la medida era la correcta. Nos abrigamos y por fin nos dirigimos hacia la Boca dos horas antes del encuentro. Estacionamos a varias cuadras de la cancha y a partir de ahí caminamos comentando la formación y el posible resultado del gran superclásico. Frente a mis ojos apareció el estadio y la escena se pintaba de los colores de mi equipo, cada vez faltaba menos. Llegamos a la puerta y papá sacó las entradas del bolsillo, había mucho control policial pero se respiraba un ambiente tranquilo. Empezamos a subir las interminables escaleras que de lo empinadas que eran daban terror, por las dudas no quise mirar para atrás, tenía miedo de marearme y arruinar el momento. Una vez arriba empezamos a buscar los asientos, eran en la fila 15, los asientos 9 y 10, como Palermo y Riquelme. Nos sentamos y nos dedicarnos a disfrutar del espectáculo que comenzaba en menos de cuarenta minutos. Nos sacamos un montón de fotos para el recuerdo, comimos chocolates y tomamos coca cola esperando que los protagonistas salieran a la cancha. Mis nervios se iban haciendo más fuertes mientras me quedaba sin voz por cantar las canciones. No paraba de entrar gente y las tribunas estaban completas. De un costado sale el equipo millonario y predominan los silbidos. Un minuto más tarde por otro túnel, salieron los jugadores de Boca, desde ese momento hasta el final del partido, los hinchas xeneizes no pararon de cantar y de exclamar todo tipo de onomatopeyas que expresaran las jugadas del clásico. El trámite del partido fue apasionante pero lo que más me impresionó fue que cuando la gente cantaba y saltaba, la cancha se movía. No es una expresión, el cemento se movía de verdad y las tribunas temblaban. El resultado fue victorioso para mi equipo con dos goles de Palermo. Viví una tarde inolvidable en todos los aspectos descubriendo que a veces el sentimiento le gana a la costumbre.



Estábamos muy felices porque el resultado nos dejaba a pocos puntos de consagrarnos campeones del torneo Apertura. Fue en ese momento que me di cuenta de la nostalgia que me daba la finalización del encuentro, hubiera querido que fuera eterno para no tener que volverme al sur y poder seguir disfrutando de papá unos días más. A mi visita le quedaban unas horas, por eso decidimos volver a su casa para pasar los últimos momentos juntos. Durante la cena comentamos las jugadas y revivimos el partido con la misma euforia que lo habíamos vivido en la cancha. Al día siguiente antes de regresar a casa, me abrazó y me prometió que pronto lo íbamos a repetir. Mis ganas de volver a la Capital aumentaron aún más con la esperanza de poder revivir ese domingo en los próximos partidos de Boca.

lunes, 30 de agosto de 2010


(Por Rocío Barrera)

Volviendo de un viaje de placer desde Estados Unidos me crucé con Mario Kempes en el avión. Un hombre discreto pero muy amable que me dio su teléfono para poder realizar esta entrevista luego de explicarle el objetivo para el que estaba dirigida. En principio fue para el trabajo sobre el periodismo en la dictadura, para obtener un testimonio de una persona que jugó un Mundial en su país y que desconocía la situación política de ese momento pero además surgió como una intriga personal para poder intentar comprender la reacción de la gente que vivió momentos tan crueles como esos.


"SABÍAN LO QUE ESTABA PASANDO AQUELLA GENTE A LA QUE LE ESTABA SUCEDIENDO PERO ESTO RECIÉN SE SUPO CUANDO SE DESTAPÓ LA OLLA DE LA GUERRA DE MALVINAS"


Mario Alberto Kempes es un ex futbolista argentino nacido el 15 de julio de 1954 en Bell Ville, Provincia de Córdoba, Argentina. Apodado "El Matador", jugaba de mediocampista ofensivo o delantero por izquierda. Considerado como uno de los grandes jugadores argentinos de la historia y elegido por la IFFHS el 6º mejor jugador argentino del Siglo XX, destacaba por su zurda potente, facilidad para el gol, velocidad, coraje y destreza. A tres décadas del mundial ’78 estuvimos hablando con el de sus recuerdos, el momento social y político del proceso de la dictadura militar y del momento actual de la selección.




¿A 30 años de la copa del mundo que sensaciones guardas?

Bueno esos recuerdos son imborrables porque pasan una sola vez en la vida para algunos, porque otros los viven dos o tres veces. Yo tuve la suerte de haber jugado un mundial que es lo máximo acá en argentina y los recuerdos están ahí aunque obviamente por el paso del tiempo faltan cosas, pero las sensaciones y todo lo que significo ganar el mundial es imborrable.


¿Y que recuerdos tenés?

Principalmente la alegría de la gente tanto dentro como fuera de la cancha, esa expectativa que había antes de los partidos, esa alegría que había después de haber clasificado a la próxima ronda, el haber llegado a la final, nos toco jugar acá en Buenos Aires y la gente nos acompaño siempre y cuando nos toco en Rosario siempre apoyándonos, es una satisfacción muy grande vestir la camiseta de tu país y en tu país.


Se vivía una etapa política complicada, ¿Qué el mundial se organizara en Argentina fue una presión o un beneficio para el plantel?

Realmente no fue ni presión ni beneficio, si hablamos de lo que es directamente deporte, nosotros vinimos a jugar un mundial acá en Argentina y con respecto al tema político sabían lo que estaba pasando aquella gente a la que le estaba sucediendo pero esto recién se supo cuando se destapó la olla de la guerra de Malvinas. Ahí se supo todo, pero antes yo había estado en España y nunca salió nada en los diarios, nadie hablaba nada y lo tenían tan tapado que solamente lo sabía aquella poquita gente a la que le sucedía esto.


Entonces el plantel ¿no tenía ningún tipo de noción de lo que ocurría en el país?

Exactamente, y dentro de todo si vamos un poquito más allá, no podemos estar tan tranquilos después de saber lo que estaba pasando, pero bueno dentro de todo le dimos a esta gente que estaba pasándola mal un ratito de alegría, es cierto que lo que uno le puede dar con esos buenos resultados conseguidos no alcanza comparado con lo que se vivía y tampoco la intención es minimizar lo que paso.



¿Crees que la decisión final de realizar el mundial en Argentina fue para tapar todo lo que sucedía con el gobierno militar?

Lo que pasa es que Argentina fue elegida sede para 1978 cuando finaliza el Mundial ’74 en Alemania, y dos años después, en el año 1976 es cuando ingresan al poder los militares así que no se sabía lo que iba a pasar cuatro años después en el país, por eso creo que no se hizo con la intención de tapar nada, sucedió así.




La entrevista continúa pero lo que sigue no tiene relación y está a destiempo ya que trata sobre el Mundial de Sudáfrica que ya pasó.

martes, 10 de agosto de 2010

Periodismo en el Mundial '78

(Por Rocío María Barrera)

El 24 de marzo de 1976 se produce un golpe de Estado en Argentina que pone fin al régimen democrático de María Estela Martínez de Perón, que en ese entonces era la presidente del país debido al fallecimiento de su esposo Juan Domingo Perón, y que alejará a la ciudadanía de las urnas hasta 1983. Esta irrupción del poder estuvo a cargo de la Junta Militar encabezada por los comandantes de las tres armas, Jorge Rafael Videla (Ejército), Emilio Eduardo Massera (Marina) y Orlando Ramón Agosti (Aeronáutica) que inauguran lo que se denominó “Proceso de Reorganización Nacional” con el objetivo de transformar a la sociedad argentina y crear un “ser occidental, nacional y cristiano”. “Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de la autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones”.

La dictadura militar asumió la totalidad del poder y para lograr consenso político se emplearon formas autoritarias no solamente basadas en la violencia institucional y física sino también en la acción psicológica a través de los medios de comunicación. Se impuso el proceso autoritario más sangriento con un terrorismo de Estado dirigido a destruir la participación popular a partir de la represión sobre todo tipo de fuerzas democráticas en las que se prohibieron los partidos políticos y huelgas, se disuelve el congreso, se intervienen los sindicatos y la CGT y CGE, se suspende la actividad política, los derechos de los trabajadores y la vigencia del estatuto docente, se clausuran locales nocturnos, se queman libros y revistas considerados peligrosos y se censuran los medios de comunicación a partir de la censura previa en donde se creó un grupo especial encargado de controlar y reprobar todo tipo de producción científica, cultural, política o artística que se opusiera el régimen dictatorial, instaurando el terror en la población y poniendo “orden”. Durante el proceso militar, la censura fue extrema, se cerraron periódicos y revistas, se intervinieron distintos medios, se clausuraron editoriales y se controlaban las publicaciones, se procesaron, detuvieron y secuestraron periodistas y escritores. Todos los estudiantes, sindicalistas, intelectuales, profesionales que encabezaron las listas negras, más tarde fueron secuestrados, asesinados y "desaparecieron". Mientras muchos otros se exiliaron.

“El terrorismo de estado se aplicó con la colaboración activa de sectores de la población. Sus características esenciales eran: el uso monopólico de los medios de comunicación aplicado al desarrollo de la información y la desinformación y, paralelamente, el despliegue de campañas propagandísticas mediante las cuales se buscaba imponer una ideología monolítica; después, el establecimiento y expansión de un aparato represivo policial y militar secreto abocado a la tarea de “disciplinar” a la población y consecuentemente, a grupos susceptibles de sufrir un eventual exterminio; y, finalmente, un régimen que hizo uso del “terrorismo estatal” y que contó con el respaldo de sectores de la política y la economía, ámbito este ultimo en el cual el apoyo provino de grupos empresarios tanto nacionales como extranjeros. En ese contexto el deporte en general y el futbol en particular fueron el vehículo del cual se valieron los militares para tratar de sanear su imagen”

El resultado que dejó este proceso fue miles de muertos y desaparecidos, gente exiliada, desaparición sistemática de símbolos y todo tipo de discursos, imágenes y tradiciones, control total ideológico, quema de bibliotecas y la destrucción del aparato productivo nacional.

En los medios internacionales se criticaba fuertemente el régimen totalitario que atravesaba la Argentina. Las denuncias sobre las violaciones a los derechos humanos por parte de los militares contra la lucha subversiva argentina trascendieron los límites nacionales cobrando mucha importancia en la prensa europea. Fueron países como Holanda y Francia aquellos que se encargaron de denunciar los delitos que se estaban cometiendo de lesa humanidad en nuestro país, tales como la privación ilegítima de la libertad por tiempo indeterminado, la disposición sobre la vida y la muerte de las personas que integraban los grupos guerrilleros, entre otros. También se encargaron de cubrir las primeras reuniones de las Abuelas de Plaza de Mayo. Como contrapartida, la prensa local, carente de información precisa sobre los hechos que ocurrían en territorio nacional, las denominaban “las locas de Plaza de Mayo” y justificaban los ataques como una conspiración para la realización del Mundial queriendo presentar un país ordenado y organizado.

Si bien la Organización del XI Campeonato del Mundo de Fútbol en Argentina fue uno de los símbolos utilizados por el Gobierno Militar para promover una imagen de país confiable y demostrando que eran capaces de realizar un evento tan emblemático y de esa manera debilitar las críticas que provenían del exterior, también fue utilizado para construir cierta legitimidad política y consenso dentro de la sociedad. “Para ellos, el Mundial de fútbol era una magnífica oportunidad para lavarle la cara al régimen militar, aprovechando el exacerbado nacionalismo deportivo de sectores mayoritarios de la afición futbolística. Algunos meses antes del inicio del certamen, el oficialismo había lanzado una campaña de propaganda en defensa del gobierno de facto sintetizada en la consigna: “los argentinos somos derechos y humanos”. El país fue inundado por calcomanías y afiches con esa inscripción, y la crítica internacional a la violación de los derechos humanos en la Argentina fue rechazada por sectores proclives a la dictadura como una “campaña orquestada por el comunismo internacional”.

En el mismo día del golpe y en la primera reunión de la Junta Militar, el mundial se convirtió en tema prioritario. “Políticamente es conveniente hacer el mundial dijo el Almirante Cero. Unos días antes, el hombre que soñaba con ser el nuevo Perón, había recibido un informe de uno de sus colaboradores más íntimos y a quien había premiado con la secretaría de Acción Social: el capitán de navío: Carlos Lacoste. Massera leyó una tras otra las supuestas ventajas políticas y económicas que le dejaría a la Argentina la XI Copa del Mundo”. Así comenzaron dos años de organización que costaron la vida de muchos dirigentes, extorsiones y luchas dentro de la propia dictadura. Entre el ejército y la Marina se disputaron el control del mundial, quedando finalmente en manos de Lacoste y Massera, el primero era el responsable público del Ente Autárquico Mundial ’78 (EAM) que le permitía a ese organismo malgastar millones de dólares con total libertad en fastuosas obras y proyectos sobrevaluados para llevar a cabo la organización de la competencia de la mejor manera. El gasto total alcanzaría los 250 millones de dólares. La deuda externa seguía creciendo y mientras el país padecía graves carencias en sanidad y educación, ese dinero era invertido en el campeonato mundial.

Los medios periodísticos nacionales tenían prohibido criticar al director técnico del equipo argentino, César Luis Menotti y de la selección nacional. Sólo se dedicaban a hablar de táctica, de goles, de la alegría y el orgullo nacional. El gobierno consideraba el triunfo y el buen prestigio del seleccionado de gran importancia política fundamental.

“Para mayo de 1978, los vuelos de la muerte despegaban con una frecuencia de cinco por día. Paralelamente, funcionarios de las naciones unidas en Ginebra, elaboraban las primeras listas completas de desaparecidos y miles de exiliados comenzaban a enviar cartas a la casa de gobierno con la cara de Videla, transformada en calavera pro sus rasgos huesudos, en una pelota de futbol. El 20 de mayo, Videla señalaba en una entrevista a un diario alemán: “no hay campos de concentración ni prisioneros políticos en la Argentina. La campaña desencadenada contra la argentina antes del mundial es obra de la izquierda internacional. Los 3200 detenidos, de los que el ministerio del interior publico los nombres están presos por terrorismo, corrupción y criminalidad. Todos los detenidos en fase de instrucción se encuentran exclusivamente en cárceles y no en otros lugares. Las Fuerzas Armadas, amenazadas por 4000 guerrilleros armados, se vieron obligadas a defender los derechos humanos de la mayoría. Hacia nosotros no hubo la comprensión que merecíamos.” Seguía considerándose el pilar del orden y el centinela de la soberanía.”


El poder y la economía

“Nuestra alegría no tiene límites. Me subo a una silla y empiezo a gritar, festejando la victoria. A mi lado, los dos guardias más jóvenes se abrazan. Guillermo se suma a su festejo. Uno de ellos me toma de un brazo y, haciéndome bajar de la silla, se cuelga de mi cuello y me incorpora al festejo. Ante la mirada incrédula del Tucumano, empezamos a saltar los cuatro en un ramillete humano, mientras gritamos a coro: “¡Argentina!, ¡Argentina!”. La atmósfera en la cocina es delirante. Cautivos y captores se abrazan y festejan.”

“25 millones de argentinos jugaremos el Mundial” o “la fiesta de todos” representaban los slogans o eran parte de la canción oficial del mundial.

La realización del mundial en el país era muy conveniente según decían los que manejaban el país. Pero conveniente ¿para que? y ¿para quienes? Que Argentina saliera campeón del mundo era un gran negocio para la Junta Militar, para las arcas de Editorial Atlántida pero no para el país y mucho menos para la población. Los directores de la Editorial más poderosa estaban fuertemente relacionados con la dictadura y los negocios alrededor del Mundial 78. Los vínculos cercanos y las relaciones estrechas relaciones le significaron a Atlántida grandes ganancias monetarias. Antes del mundial “El Gráfico vendió 146.700 ejemplares y luego del mismo 373.325, ya con el equipo campeón.

La revista Gente, dirigida durante toda la dictadura con gran visión comercial por Samuel Gelblung, cubría con mucha soltura “Las vacaciones de Videla” o mostraba con total libertad “El despacho privado del presidente” en la residencia presidencial de Chapadmalal y cuando tuvo que brindar su opinión acerca del mundial dijo que “a pesar de los 700 millones de dólares que costó, por primera vez los argentinos sabemos lo que cuestan las cosas, y pagaremos esa deuda aunque no resulte fácil. A pesar de todo y contra todos los argentinos los argentinos hicimos el Mundial" . Junto con “Somos” realizaron una de las propagandas más increíbles a la política del terrorismo de estado.

Para Ti, el semanario de Atlántida sobre moda femenina, lanzó una campaña especial que consistía en una serie de postales coleccionables con fotografías de gente trabajando pacíficamente con la leyenda: “Argentina, toda la verdad”, esas tarjetas estaban destinadas a las organizaciones de los derechos humanos y medios de comunicación extranjeros. La consiga parecía ser: los militares nos encargamos de distraer con el mundial y ustedes con su estructura periodística ocúpense de convencer a los que puedan complicar los objetivos. La publicidad culminaba diciendo: “Esta es su oportunidad de mostrar al mundo toda la verdad de un país que vive y crece en paz”. Años después cuando fue consultado, Chiche dijo que “la posición de Gente, que en parte respondía a esquemas que yo manejaba, partía de la concepción de que había una guerra, y esto era lo que permanentemente se negaba, por las dos partes. Había una especie de culpa colectiva en la cual se decía: ‘mientras maten a esos hijos de puta, pasa’. Y mientras mataban a mis enemigos, o yo así lo interpretaba, no había problema. Ahora, cuando desaparecen mis amigos, Edgardo Sajon, Helena Holmberg, Jacobo Timerman, ahí ya la cosa empieza a ponerse jodida. Se hizo lo que se pudo. La opción era morirte o seguir viviendo. Pero ¿poner a Gente como la malvada de la película? Si no asesinó ni secuestró. Gente no tiene las manos manchadas con sangre”.



Como contrapartida de lo que opina el periodista podríamos agregar que “Gente” destacó a Lacoste como “el hombre del Mundial” por su “excelente labor para que el mundo vea como somos los argentinos”. La misma revista había destacado entre los personajes del año 77 al coronel Ramón Camps por su “acción destacada contra la subversión”, al gobernador de Tucumán, Domingo Bussi, por “combatir la guerrilla y traer la paz”, y a Videla por ser considerado “un ejemplo”.

A su vez, desde la editorial de la calle Azopardo se escribieron numerosos artículos que desacreditaban a quienes denunciaban desde el exterior los delitos cometidos por la dictadura y otros tantos que mostraban las “maravillosas” obras que se construían.


Descubriendo la verdad

“A la hora fugarnos, me siento casi paralizado. Me había imaginado muchas veces este momento. Pero nunca hubiera podido anticipar el vértigo que se apoderaría de mí en esos instantes. Siento como si mi cabeza estuviera levitando separada del cuerpo. Estoy por lanzarme a un fluir de acontecimientos sobre los que no tengo control ninguno. Las coas suceden ahora por impulso propio, pues han cesado de ser el resultado de mis acciones. Tengo la sensación de vivir una situación irreal”.

Uno de los primeros en darse cuenta de lo que pasaba y de los vínculos que poseía la Editorial Atlántida con los militares fue Osvaldo Papaleo. Había leído declaraciones de su hermana Lidia Papaleo mientras ésta permanecía secuestrada. El hecho provocó que Osvaldo enviara un telegrama a la Editorial Atlántida solicitando que se rectifique. Durante esa noche fue detenido por el Ejército y llevado a Puesto Vasco. Sobre el hecho, Papaleo manifestó que Darío Rojas (uno de los responsables de las torturas en Puesto Vasco) le dijo “tu problema empezó cuando mandaste este telegrama”, el mismo que él había enviado a la editorial Atlántida y que en ese momento el represor tenía en su mano.

La forma de cubrir el mundial y todo lo que ocurría en el país fue muy particular por parte de la editorial que manejaba Vigil. “El envión triunfalista que traían los militares montados sobre la ola de una sociedad civil que les había guiñado un ojo, era de tal magnitud que les dio aliento para confrontar a cara descubierta, con quienes los acusaban de violaciones a los derechos humanos mientras las cárceles y catacumbas estaban a pleno".

Así, el Mundial 78 se jugaría con miles de rehenes, en el mayor de los desafíos que dictadura alguna haya concretado: “digan lo que digan, aquí no pasa nada”.

Sin embargo las estadísticas decían lo contrario. “La cifra que manejaba la embajada de EE.UU, hecho que se supo un cuarto siglo después, se aproximaba a las 18.500 víctimas. Se basaba en un informe de Emilio Mignone, padre de una desaparecida e hiperactivo vicepresidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Mignone había comentado que 15.000 personas estaban desaparecidas y las restantes 3500 detenidas en distintas cárceles del país. Agregaba también que otras 30.000 personas habían sido arrestadas para someterlas a duros interrogatorios y luego liberarlas".

Con el paso del tiempo, mirando las cosas desde un lugar mucho más lejano y con la información clara y precisa con la que contamos hoy, podemos afirmar que la editorial Atlántida no sólo hizo negocios con la dictadura sino que fue funcional, apoyo y trabajó para el régimen totalitario impuesto en la Argentina durante el Proceso de Reorganización Nacional. La repercusión y la cantidad de medios que controlaban nos podría hacer pensar en la influencia positiva que hubiera tenido en el país una actitud distinta por parte de la editorial, no sólo no fue así sino que se oculto, se manipuló y se engañó a la población despreciando la vida de miles de argentinos.



Bibliografía utilizada:

Llonto, Pablo. "La vergüenza de todos" Editorial Madres de Plaza de Mayo
Tamburini, Claudio. "Pase libre" Editorial Continente
Ferreira, Fernando. "Hechos pelota" Editorial El arco


Fragmentos de páginas de internet:

Fragmento publicado por Martín Borja, publicado en Primera Página. http://buenamemoria.8m.com/mundial.htm

Extraído del artículo “Periodismo Negro” publicado en: http://www.eblog.com.ar/4320/periodismo-negro/