Siempre que me preguntan si conozco la calle Amenábar,
contesto que si porque tengo clara su ubicación en el mapa. Y hasta si me
preguntan una altura, también sabría la respuesta. La calle tiene una dirección
y una longitud, creo saber desde donde hacia dónde va, con qué otras calles se
cruza, pero ¿eso significa conocerla?
Puedo decir que la calle completa no la conozco, sólo
alturas de la misma y en particular al 700. De esa cuadra sé con exactitud que
hay 6 edificios (uno nuevo y el resto de una antigüedad de 10 años
aproximadamente), 6 casas, una farmacia en la esquina de Lacroze, en enfrente
un comercio de telas, un albergue transitorio, una peluquería, una sucursal de
la heladería Frahel, una modistería, una pequeña inmobiliaria y un hotel de barrio. No fue una calle que en
mi infancia caminara, tampoco era una calle que mi madre agarrara
frecuentemente con el auto, no la reconocía porque no me era útil, ni siquiera
para ir de una amiga o a casa de papá... Y sin embargo hace año y medio que me
resulta familiar en el transito diario. Paso muchas horas en un departamento
que da a esa calle y aunque es muy recorrida me atrevo a decir que nadie se detiene
a mirarla o que muchos la miran en silencio.
Esa altura de la calle tiene la particularidad de ser
conocida desde hace un tiempo como una zona liberada para aquellos que roban
ruedas de autos. Supongo que de todas las calles se dicen cosas y es bien
conocida la frase “creer o reventar”. Yo soy de esas personas que se creen
todos los mitos de las ciudades y todo lo que escuchan. El problema se hace
grave cuando puedo comprobar esos mitos con mis propios ojos.
Martes 15 de febrero del 2012. Eran las tres de la
tarde cuando estaba leyendo en el balcón del departamento de mi novio que da a
la mitad de la calle Amenábar al 700 y por allí también está la entrada al
edificio. Una construcción de aproximadamente un año con una entrada de garaje
y junto a ella hay un portón, quienes viven allí saben que detrás de ese hierro
no existe un lugar para poner autos, más bien es un espacio que podría ser
alquilado como comercio. Desde afuera, sin embargo, hay un cartel que indica: prohibido
estacionar.
En la lectura distraída miraba hacia abajo. El balcón
al frente es de cemento con una baranda de apoyo pero sobre el costado son sólo
hierros alineados. Autos y autos transitaban por la cuadra. Mujeres con niños
caminando, un hombre que pasaba apurado y un auto que había capturado mi
atención. En aproximadamente diez minutos había transitado la calle en cuatro ocasiones a
marcha lenta. Sin embargo nadie estaba atento a él. Era un Renault 9 bordo que
pasaba muy despacio por la calle. Primero cerca de los autos que estaban estacionados
sobre mano derecha, en la segunda pasada sobre los que estaban en mano
izquierda y una tercera que iba por el medio. En la cuarta el automóvil se
detuvo muy cerca y en doble fila al lado de un Volkswagen Bora gris. El auto
estaba mal estacionado, justo frente al prohibido estacionar del portón del
edificio. No sé si fue intuición femenina o simple chusmerío pero necesitaba saber
que estaba pasando. A paso lento dejé las hojas en la mesita y en silencio me
asome a la baranda sobre el cemento. Mientras tanto los dos hombres se bajaban
del Renault bordo y se metieron entre los dos autos. La primera fila me
permitía mirarlos con intriga y nervios pero tratando de evitar que ellos no me
vieran ni supieran que estaba allí. Mi respiración de repente se hacía fuerte y
los ruidos de la calle se apagaban lentamente. Sus voces sin embargo eran mudas
desde el tercer piso. Mente en blanco al servicio de la interpretación de la
situación. Uno de los ellos, el rubio, se apoyó de espaldas sobre el costado
trasero del Bora con una pierna en el piso y otra sobre lo que sería la cola
del auto. Se cruzó de brazos y hablaba con su compañero que estaba agachado al
lado de él con una herramienta en la mano. Los transeúntes miraban con normalidad
esa situación. Hasta en mi inocencia pensaba que uno de ellos era el dueño del
auto y el otro lo estaba ayudando a cambiar la rueda. En ese entonces el hombre
agachado hizo un poco de fuerza hacia atrás y le pidió a su compañero que
hiciera fuerza contraria, como si sostuviera el auto. Pero la fuerza de la
contracción todavía no daba a luz. El agachado pidió al rubio que sacara un
objeto del Renault. Ese objeto que quitó del asiento trasero de su auto era un
ladrillo. Sin embargo el hombre no cerró la puerta. Su compañero agachado sacó
la rueda, colocó el ladrillo, se paró y metió la rueda trasera del Bora en el
asiento. En segundos el tráfico se hizo intenso, se escuchó la bocina de un
auto que maldijo a los dos hombres del Renault por estar parados en doble fila
y entorpecer el tránsito. Fue como si los ojos se despertaran de una pesadilla.
El corazón empezó a latirme a mil. Le grité a mi novio que viniera al balcón.
En el grito me metí para adentro porque de repente todos los ruidos volvieron a
nacer. No quería que me vieran ni que supieran que los vi. En el torpe
movimiento corrí la mesa hacia atrás, cayeron las hojas y la birome. Levanté
todo rápidamente. Las manos me temblaban y mi novio no venía. Los hombres que
se robaron la rueda del Bora cerraron la puerta trasera del Renault, se
subieron a su auto y poco a poco se alejaron. Agarré la birome y anoté la
patente en mis hojas. Los números se me hacían confusos porque mi mano no
escribía con claridad. Cuando levanté la cabeza y miré hacia la derecha vi un
señor mayor, también en su balcón pero del edificio siguiente mirando hacia
donde yo estaba. Me pregunta: “¿Se
robaron la rueda o yo vi mal? ¿Pudiste anotar la patente? Hay que hacer una
denuncia policial, no es la primera vez que pasa esto acá”. Fue la primera
vez que vi algo así y también la última, aunque supe que no dejó de ocurrir,
solo que no estuve allí para verlo. Algunos dicen que "solo se llevan ruedas Volkswagen",
otros que se llevan las de todos los autos y hasta que las tuercas de seguridad
ya no son garantía de nada.
Efectivamente esa tarde se habían robado una rueda, en
este caso de un Volkswagen. Yo sabía que había anotado la patente, sin embargo
elegí contestarle a aquel vecino que no la había llegado a anotar. Los ojos se
quedaron perdidos en esos minutos que parecieron una eternidad. Me dejé caer en
la silla del balcón. El cuerpo me pesaba y la cabeza iba a mil por hora. No fue
que no quisiera denunciar lo que había visto, fue que no me sentía lo
suficientemente valiente para hacerlo. Tenía miedo de las preguntas que me
pudiera hacer la policía y si tuviera que reconocer a alguno de esos hombres,
no me sentía capaz. Sus caras se iban desfigurando en mi memoria, quizás las
estaba bloqueando pero había algo más que no me estaba dejando pensar. Sentía
culpa pero no tenía la seguridad de que avisando a la policía esto iba a dejar
de suceder, sospechaba que quizás ellos estaban involucrados porque por alguna
razón eso es una “zona liberada” ¿no?