martes, 21 de agosto de 2012

Zona liberada


Siempre que me preguntan si conozco la calle Amenábar, contesto que si porque tengo clara su ubicación en el mapa. Y hasta si me preguntan una altura, también sabría la respuesta. La calle tiene una dirección y una longitud, creo saber desde donde hacia dónde va, con qué otras calles se cruza, pero ¿eso significa conocerla?
Puedo decir que la calle completa no la conozco, sólo alturas de la misma y en particular al 700. De esa cuadra sé con exactitud que hay 6 edificios (uno nuevo y el resto de una antigüedad de 10 años aproximadamente), 6 casas, una farmacia en la esquina de Lacroze, en enfrente un comercio de telas, un albergue transitorio, una peluquería, una sucursal de la heladería Frahel, una modistería, una pequeña inmobiliaria  y un hotel de barrio. No fue una calle que en mi infancia caminara, tampoco era una calle que mi madre agarrara frecuentemente con el auto, no la reconocía porque no me era útil, ni siquiera para ir de una amiga o a casa de papá... Y sin embargo hace año y medio que me resulta familiar en el transito diario. Paso muchas horas en un departamento que da a esa calle y aunque es muy recorrida me atrevo a decir que nadie se detiene a mirarla o que muchos la miran en silencio.
Esa altura de la calle tiene la particularidad de ser conocida desde hace un tiempo como una zona liberada para aquellos que roban ruedas de autos. Supongo que de todas las calles se dicen cosas y es bien conocida la frase “creer o reventar”. Yo soy de esas personas que se creen todos los mitos de las ciudades y todo lo que escuchan. El problema se hace grave cuando puedo comprobar esos mitos con mis propios ojos.
Martes 15 de febrero del 2012. Eran las tres de la tarde cuando estaba leyendo en el balcón del departamento de mi novio que da a la mitad de la calle Amenábar al 700 y por allí también está la entrada al edificio. Una construcción de aproximadamente un año con una entrada de garaje y junto a ella hay un portón, quienes viven allí saben que detrás de ese hierro no existe un lugar para poner autos, más bien es un espacio que podría ser alquilado como comercio. Desde afuera, sin embargo, hay un cartel que indica: prohibido estacionar.
En la lectura distraída miraba hacia abajo. El balcón al frente es de cemento con una baranda de apoyo pero sobre el costado son sólo hierros alineados. Autos y autos transitaban por la cuadra. Mujeres con niños caminando, un hombre que pasaba apurado y un auto que había capturado mi atención. En aproximadamente diez minutos había  transitado la calle en cuatro ocasiones a marcha lenta. Sin embargo nadie estaba atento a él. Era un Renault 9 bordo que pasaba muy despacio por la calle. Primero cerca de los autos que estaban estacionados sobre mano derecha, en la segunda pasada sobre los que estaban en mano izquierda y una tercera que iba por el medio. En la cuarta el automóvil se detuvo muy cerca y en doble fila al lado de un Volkswagen Bora gris. El auto estaba mal estacionado, justo frente al prohibido estacionar del portón del edificio. No sé si fue intuición femenina o simple chusmerío pero necesitaba saber que estaba pasando. A paso lento dejé las hojas en la mesita y en silencio me asome a la baranda sobre el cemento. Mientras tanto los dos hombres se bajaban del Renault bordo y se metieron entre los dos autos. La primera fila me permitía mirarlos con intriga y nervios pero tratando de evitar que ellos no me vieran ni supieran que estaba allí. Mi respiración de repente se hacía fuerte y los ruidos de la calle se apagaban lentamente. Sus voces sin embargo eran mudas desde el tercer piso. Mente en blanco al servicio de la interpretación de la situación. Uno de los ellos, el rubio, se apoyó de espaldas sobre el costado trasero del Bora con una pierna en el piso y otra sobre lo que sería la cola del auto. Se cruzó de brazos y hablaba con su compañero que estaba agachado al lado de él con una herramienta en la mano. Los transeúntes miraban con normalidad esa situación. Hasta en mi inocencia pensaba que uno de ellos era el dueño del auto y el otro lo estaba ayudando a cambiar la rueda. En ese entonces el hombre agachado hizo un poco de fuerza hacia atrás y le pidió a su compañero que hiciera fuerza contraria, como si sostuviera el auto. Pero la fuerza de la contracción todavía no daba a luz. El agachado pidió al rubio que sacara un objeto del Renault. Ese objeto que quitó del asiento trasero de su auto era un ladrillo. Sin embargo el hombre no cerró la puerta. Su compañero agachado sacó la rueda, colocó el ladrillo, se paró y metió la rueda trasera del Bora en el asiento. En segundos el tráfico se hizo intenso, se escuchó la bocina de un auto que maldijo a los dos hombres del Renault por estar parados en doble fila y entorpecer el tránsito. Fue como si los ojos se despertaran de una pesadilla. El corazón empezó a latirme a mil. Le grité a mi novio que viniera al balcón. En el grito me metí para adentro porque de repente todos los ruidos volvieron a nacer. No quería que me vieran ni que supieran que los vi. En el torpe movimiento corrí la mesa hacia atrás, cayeron las hojas y la birome. Levanté todo rápidamente. Las manos me temblaban y mi novio no venía. Los hombres que se robaron la rueda del Bora cerraron la puerta trasera del Renault, se subieron a su auto y poco a poco se alejaron. Agarré la birome y anoté la patente en mis hojas. Los números se me hacían confusos porque mi mano no escribía con claridad. Cuando levanté la cabeza y miré hacia la derecha vi un señor mayor, también en su balcón pero del edificio siguiente mirando hacia donde yo estaba. Me pregunta: “¿Se robaron la rueda o yo vi mal? ¿Pudiste anotar la patente? Hay que hacer una denuncia policial, no es la primera vez que pasa esto acá”. Fue la primera vez que vi algo así y también la última, aunque supe que no dejó de ocurrir, solo que no estuve allí para verlo. Algunos dicen que "solo se llevan ruedas Volkswagen", otros que se llevan las de todos los autos y hasta que las tuercas de seguridad ya no son garantía de nada.
Efectivamente esa tarde se habían robado una rueda, en este caso de un Volkswagen. Yo sabía que había anotado la patente, sin embargo elegí contestarle a aquel vecino que no la había llegado a anotar. Los ojos se quedaron perdidos en esos minutos que parecieron una eternidad. Me dejé caer en la silla del balcón. El cuerpo me pesaba y la cabeza iba a mil por hora. No fue que no quisiera denunciar lo que había visto, fue que no me sentía lo suficientemente valiente para hacerlo. Tenía miedo de las preguntas que me pudiera hacer la policía y si tuviera que reconocer a alguno de esos hombres, no me sentía capaz. Sus caras se iban desfigurando en mi memoria, quizás las estaba bloqueando pero había algo más que no me estaba dejando pensar. Sentía culpa pero no tenía la seguridad de que avisando a la policía esto iba a dejar de suceder, sospechaba que quizás ellos estaban involucrados porque por alguna razón eso es una “zona liberada” ¿no?