Caminando por San Juan, al llegar a la esquina vi una puerta abierta de hierro
gastada y vidriada sin una persona que controlara la entrada y salida. Al
ingresar un corredor largo y oscuro. A lo largo del pasillo, una puerta a la
izquierda donde se escuchan niños gritando y se huele el ajo en aceite, una
escalera sobre la izquierda y una puerta en el final. Al subir, cables pegados
a la pared, lamparitas colgadas y pintura que se quiebra quizás por la humedad.
Luego tres puertas más, una de ellas similar a la de la entrada, vidriada y
gastada, pero con una cerradura más baja que la cadera de una persona de 1.60
mts, cerrada con llave. Al tocar la puerta está Julio “o Pancho como prefieras”. Su casa es una residencia como él elige
llamarla, “no es un hostel, es una
residencia” remarca, donde convive con ocho personas más, 3 mujeres y 5
varones de no más de 30 años pero no menores a 20 aunque todos
extranjeros. Su requisito cuando les
alquilo los cuartos fue q sean mayores de 25 años, no quería "pendejos de joda, en pedo y al pedo todo el
día", sin embargo Quentin, el francés y Mónica, de Estados Unidos, son
excepciones de 20 años, como muchos que pasaron por allí que se sentían adultos
o quizás Pancho cuando se los explico les hizo entender que había una forma de
ser allí.
Este lugar
fue comprado con el objetivo de "crear
un ambiente cultural" que ya después de 3 años sigue en proceso, con
un proyecto de juntar libros y crear una biblioteca.
Al caminar por lo que sería el comedor continuo a la puerta de entrada y la cocina, una mesa con un banco y sillas de madera alrededor; una cocina con el artefacto mismo, la heladera, pava y vajilla suficiente para todos. En este piso está su cuarto, pintado recientemente de un color pastel, con un escritorio grande con libros abiertos, cuadernos, biromes, apuntes. “Disculpa el lío, pero esta semana estoy rindiendo a full”, me dice Pancho tímidamente. Camisas colgadas a la vista, la cama con un acolchado y además de la luz del techo, una lámpara de escritorio. A la izquierda como doblando una esquina, está el baño y también el cuarto de Ingie, “la canadiense que está acá desde abril por el anuncio de internet, estudiando español en la UCA por un convenio con su facultad”, y a la derecha de su cuarto, el de José, “es chileno, tiene 27 años y hace tres que está en el país cuando vino con su ex novia, con la q se peleo hace medio año aproximadamente y vive acá desde ese momento en el que nos conocimos en el CBC de la UBA que cursábamos economía juntos y se quedó ayudándome un poco. Cuando yo no estoy, está el a cargo”. Además en el medio de aquellos cuartos, hay un techo que da a la “casa de los peruanos”, aquellos que ya estaban ahí cuando él compro el lugar y que no están dispuestos a abandonarla, por lo que hay un abogado de por medio para resolver la situación. “Mi abogado dice que no haga nada, pero entre el olor que largan cuando cocinan, los ruidos, tener los papeles y que encima no se vayan, me dan ganas de sacarlos a patadas”. Pancho continúa el recorrido y subimos unas escaleras pequeñas y empinadas hacia un entrepiso donde hay bolsas de construcción, un lavadero, una puerta al cuarto de Quentin, y nuevamente otra escalera donde hay una mesa de madera con bancos y sillas grandes como de playa. Allí y con computadora en mano están Corina y Chris, dos alemanes que llegaron al país, hace cinco meses él y dos ella. Están en pareja y buscan trabajo pero “no es fácil encontrarlo”. Él es barman y dice que el salario acá es muy bajo con respecto a Munich, pero además tiene intenciones de seguir viajando al menos un año más y después volver. Ella estudió literatura y es profesora de inglés, además de alemán. Necesita un trabajo estable para “poder volver y también para viajar un poco más”. Ellos comparten el piso con Mike de Estados Unidos que habla muy bien español y con Mónica y Xavi, un español que tiene una frase pegada en la puerta de su cuarto “las posibilidades sólo están limitadas por tu imaginación”. Además allí hay otra cocina y otro baño. Pancho cuenta que a veces cuando están todos comen juntos y algunos mantienen sus costumbres: “Ellos (señalando a los alemanes) comen carne una vez a la semana y muchos vegetales. Cocinan rico y de a poco logramos que coman dos veces a la semana y los últimos domingos del mes hacemos asado”. Aunque él es residente estable dejó de ser un guía turístico, “me pudrí un poco, porque vos te despertás, vas a la facultad, a trabajar y volvés a tu casa.Yo me levanto y están ellos, vuelvo de trabajar y estoy con ellos, vuelvo de la facu y sigo con ellos, vivo con ellos, prefiero hablar de cómo viven la ciudad, que hicieron en su día, otras cosas”.
Al caminar por lo que sería el comedor continuo a la puerta de entrada y la cocina, una mesa con un banco y sillas de madera alrededor; una cocina con el artefacto mismo, la heladera, pava y vajilla suficiente para todos. En este piso está su cuarto, pintado recientemente de un color pastel, con un escritorio grande con libros abiertos, cuadernos, biromes, apuntes. “Disculpa el lío, pero esta semana estoy rindiendo a full”, me dice Pancho tímidamente. Camisas colgadas a la vista, la cama con un acolchado y además de la luz del techo, una lámpara de escritorio. A la izquierda como doblando una esquina, está el baño y también el cuarto de Ingie, “la canadiense que está acá desde abril por el anuncio de internet, estudiando español en la UCA por un convenio con su facultad”, y a la derecha de su cuarto, el de José, “es chileno, tiene 27 años y hace tres que está en el país cuando vino con su ex novia, con la q se peleo hace medio año aproximadamente y vive acá desde ese momento en el que nos conocimos en el CBC de la UBA que cursábamos economía juntos y se quedó ayudándome un poco. Cuando yo no estoy, está el a cargo”. Además en el medio de aquellos cuartos, hay un techo que da a la “casa de los peruanos”, aquellos que ya estaban ahí cuando él compro el lugar y que no están dispuestos a abandonarla, por lo que hay un abogado de por medio para resolver la situación. “Mi abogado dice que no haga nada, pero entre el olor que largan cuando cocinan, los ruidos, tener los papeles y que encima no se vayan, me dan ganas de sacarlos a patadas”. Pancho continúa el recorrido y subimos unas escaleras pequeñas y empinadas hacia un entrepiso donde hay bolsas de construcción, un lavadero, una puerta al cuarto de Quentin, y nuevamente otra escalera donde hay una mesa de madera con bancos y sillas grandes como de playa. Allí y con computadora en mano están Corina y Chris, dos alemanes que llegaron al país, hace cinco meses él y dos ella. Están en pareja y buscan trabajo pero “no es fácil encontrarlo”. Él es barman y dice que el salario acá es muy bajo con respecto a Munich, pero además tiene intenciones de seguir viajando al menos un año más y después volver. Ella estudió literatura y es profesora de inglés, además de alemán. Necesita un trabajo estable para “poder volver y también para viajar un poco más”. Ellos comparten el piso con Mike de Estados Unidos que habla muy bien español y con Mónica y Xavi, un español que tiene una frase pegada en la puerta de su cuarto “las posibilidades sólo están limitadas por tu imaginación”. Además allí hay otra cocina y otro baño. Pancho cuenta que a veces cuando están todos comen juntos y algunos mantienen sus costumbres: “Ellos (señalando a los alemanes) comen carne una vez a la semana y muchos vegetales. Cocinan rico y de a poco logramos que coman dos veces a la semana y los últimos domingos del mes hacemos asado”. Aunque él es residente estable dejó de ser un guía turístico, “me pudrí un poco, porque vos te despertás, vas a la facultad, a trabajar y volvés a tu casa.Yo me levanto y están ellos, vuelvo de trabajar y estoy con ellos, vuelvo de la facu y sigo con ellos, vivo con ellos, prefiero hablar de cómo viven la ciudad, que hicieron en su día, otras cosas”.
Pancho retomó
sus estudios, aunque no su carrera de Ingeniería en Sistemas, está estudiando
Filosofía en la UBA y en el conservatorio de música. Él compró este lugar
porque tuvo la posibilidad económica y vio un negocio allí, aunque nunca esperó
encontrarse con “los peruanos”. Con respecto a ellos, los alemanes contaban que
en su país, es imposible entrar en forma ilegal y poseer una vivienda sin
contrato. Entre los alemanes y Pancho se ve una relación de cortesía pero de
confianza también.
Ellos dos fueron
los primeros que se hospedaron aquí y a los que conoció cuando se dedicó a
viajar por el mundo luego de dejar sus estudios y su trabajo. Después llegaron
amigos de amigos que lo recomendaron y por último los del anuncio en internet.
Si bien el cobra un alquiler por mes, busca hacer de ese lugar una residencia,
un lugar común a todos y donde se sientan cómodos sin un “dueño de casa que les estuviera encima con el tema del orden y los
ruidos, cada uno tiene su cuarto y lo cierra con llave, hace lo que quiere ahí.
Los espacios compartidos los intentamos mantener en orden porque son de todos”.
Pancho vive en esa residencia y tiene su negocio allí, pero vive su
experiencia como un intercambio cultural en su propia casa sin necesidad de
salir porque al fin se reencontró con Buenos Aires.