Nunca me importó el juego en sí, sino con quien lo jugué. A medida que crecía, iba adquiriendo tantos triunfos como derrotas. Reunirnos seguido era difícil pero por lo menos una vez a la semana teníamos una partida de burako acompañada de mates. Hace dos años esa rutina ya no existe. Ese juego sigue intacto para mí, pero mi rival dejó su espacio vacío.
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