(un cuento que escrbí para la facu en donde tenía que relacionar algún equipo de fútbol con un familiar y claro, conmigo)
(Por Rocío Barrera)
Cuando uno es chico, los mayores tienden a tomar las decisiones por uno o al menos persuadirnos a tomar las mejores para nuestro bienestar porque ellos ya vivieron todo y tienen más experiencia. Es por eso que muchas veces eligen por nosotros o simplemente lo hacemos para darles el gusto a ellos. Sin embargo siempre resulta difícil complacer y dejar contentos a todos con las elecciones hechas. Antes de que yo naciera mi familia acostumbraba a practicar distintos deportes en River. Con el paso del tiempo se fueron formando amistades, grupos y la función social del club tomó prioridad en mi entorno. Mi papá, cabe mencionar, era hincha de Boca; jugaba al fútbol y a la mayoría de sus amigos los veía cada fin de semana en una cancha, mi mamá estaba federada en tenis y cada sábado y domingo le pegaba a la pelota amarilla en un rectángulo de polvo de ladrillo, mi abuelo no sólo jugaba al tenis sino que formaba parte de la Comisión y mi abuela se juntaba a nadar y luego a jugar al burako en los quinchos. Mi infancia estaba destinada a desarrollarse en ese ambiente, quisiera o no, la mayoría de mis ratos libres los iba a pasar practicando alguna actividad o relacionándome con la gente de ahí. Cuando cumplí 5 años ya tenía mi carnet de socia, a los seis empecé a jugar al tenis, a los diez me federaron y comencé a representar al club frente a otros en distintos torneos. Cuando me quise dar cuenta, había pasado mis primeros doce años de vida y más allá de jugar en River, cuando me preguntaban de qué club era hincha, yo contestaba no sé. El fútbol nunca me interesó mucho pero de los pocos partidos que veía por televisión, lo que siempre me llamaba la atención era la hinchada de Boca, el equipo podía ir ganando, empatando o perdiendo pero siempre se escuchaba cantar a la gente. Obviamente donde yo pasaba la mayor cantidad de tiempo de eso ni se hablaba pero en el colegio la mayoría de mis amigos era del xeneize y además de cantar siempre, ellos me contaban que cuando el equipo salía a la cancha se movía todo y que podía ir a cualquier estadio de Argentina pero en ningún lado iba a sentir lo que se sentía en la Bombonera.

Antes de empezar la secundaria mis papás decidieron separarse, esto trajo como consecuencia que mi papá dejara de frecuentar el club y mi mamá, mi hermano y yo nos fuésemos a vivir un tiempo a Ushuaia. Los dos años que pasamos en el sur cambiaron definitivamente mi modo de vida, no había más River, no había más tenis y el único contacto que mantenía con mi padre era telefónico. Esto hizo que de alguna forma cada vez que veía en la tele un partido de Boca, yo pensara en él y empezara a mirar con cariño esos colores. Una tarde haciendo zapping me detuve en TyC sports, los periodistas que aparecían en pantalla intentaban explicar cómo se iban a parar los equipos en el superclásico a disputarse dentro de cuarenta y cinco minutos. Apagué la tele y puse la alarma del reloj a las 15:30 dispuesta a vivir a la distancia este partido. El tiempo con el que contaba antes de iniciarse el encuentro lo aproveché para llamar a mi papá. A dos cuadras de donde vivíamos había un locutorio, le dije a mamá que iba al kiosco a comprar caramelos y me fui. Me senté en la cabina dos, marqué el interminable número y él enseguida atendió. Después de charlar acerca de cómo me iba en la escuela y de los nuevos amigos que tenía, le conté lo que iba a hacer en un rato. Al escuchar que su hija a la que jamás le había interesado la pelota se había puesto una alarma para mirar el clásico no lo podía creer, durante toda mi infancia jamás me había sentado a mirar un solo partido de fútbol pero de esta forma lo sentía más cerca. Antes de saludarlo y cortar la comunicación le prometí que cuando terminara el encuentro lo iba a volver a llamar para hablar del mismo. Lo saludé, colgué el teléfono y volví corriendo a casa porque ya casi era la hora.
Preparé el mate y los bizcochos en la mesa del comedor donde estaba el Sony de 29 pulgadas y le pedí a mamá que durante un rato largo no me molestaran ya que debía prestar mucha atención a lo que iba a pasar. El estadio Monumental estaba lleno, cada tribuna estaba repleta y sólo faltaban los protagonistas. Cuando salieron los dos equipos a la cancha, todo se llenó de color, el humo de las bengalas y la cantidad de papelitos no permitían divisar el campo de juego. A medida que pasaban los minutos todo se fue calmando pero escuché algo que me hizo acordar a mis compañeros de la escuela de Capital, la gente que se encontraba en una de las bandejas más altas no dejaba de cantar, de hecho el partido lo terminó ganando el local 2-0 y ellos nunca dejaron de alentar. Antes que empiece a oscurecer le pedí permiso a mi mamá y volví al locutorio para cumplir con mi promesa. Papá volvió a atender y aunque su voz no era la mejor se puso contento porque aún a la distancia habíamos compartido algo juntos y para mi sorpresa me dio su palabra de llevarme a la Bombonera para el próximo superclásico que se iba a jugar dentro de seis meses. El tiempo pasó bastante lento y una de las cosas que pasaban por mi cabeza era cómo iba a ser ese día, cada fin de semana intentaba seguir el partido de Boca como una forma de sentirme más cerca de él y tener otro motivo para llamarlo. Los nombres de los jugadores se fueron haciendo familiares y sólo restaba esperar que llegue el gran domingo. El plan estaba armado de la siguiente manera: el jueves llegaría mi papá a buscarme, pasaría unos días con él y el superclásico sería el gran protagonista de nuestro fin de semana, y así fue. Cuando el calendario marcó el nueve de mayo, a las diez de la mañana sonó el timbre de mi casa, mi bolso estaba listo, el auto también y era hora de emprender el viaje a Buenos Aires. Pasamos tres días increíbles pero lo mejor estaba por venir, el sábado como para ir palpitando el evento hicimos un recorrido por Caminito, una calle de 100 metros recuperada por un vecino que limpió ese terreno y que lo rodeó de las típicas casas con paredes de chapa pintadas de distintos colores, espectáculos callejeros, una feria de artesanías y unos museos de gran interés tanto para turistas como para porteños. El domingo me desperté muy temprano, estaba bastante ansiosa pero todavía faltaba un rato así que lo ayudé a preparar el almuerzo para después irnos para la Bombonera. Cuando terminamos la comida me dijo que me tenía que dar una cosa tan importante que no podía faltar en ese día tan especial. Sacó del placard una bolsa naranja de Nike y me regaló la camiseta azul y amarilla, esos colores que venía siguiendo hace meses gracias a él y con mi número favorito, el nueve. Mi felicidad iba creciendo aún más mientras me la probaba y la medida era la correcta. Nos abrigamos y por fin nos dirigimos hacia la Boca dos horas antes del encuentro. Estacionamos a varias cuadras de la cancha y a partir de ahí caminamos comentando la formación y el posible resultado del gran superclásico. Frente a mis ojos apareció el estadio y la escena se pintaba de los colores de mi equipo, cada vez faltaba menos. Llegamos a la puerta y papá sacó las entradas del bolsillo, había mucho control policial pero se respiraba un ambiente tranquilo. Empezamos a subir las interminables escaleras que de lo empinadas que eran daban terror, por las dudas no quise mirar para atrás, tenía miedo de marearme y arruinar el momento. Una vez arriba empezamos a buscar los asientos, eran en la fila 15, los asientos 9 y 10, como Palermo y Riquelme. Nos sentamos y nos dedicarnos a disfrutar del espectáculo que comenzaba en menos de cuarenta minutos. Nos sacamos un montón de fotos para el recuerdo, comimos chocolates y tomamos coca cola esperando que los protagonistas salieran a la cancha. Mis nervios se iban haciendo más fuertes mientras me quedaba sin voz por cantar las canciones. No paraba de entrar gente y las tribunas estaban completas. De un costado sale el equipo millonario y predominan los silbidos. Un minuto más tarde por otro túnel, salieron los jugadores de Boca, desde ese momento hasta el final del partido, los hinchas xeneizes no pararon de cantar y de exclamar todo tipo de onomatopeyas que expresaran las jugadas del clásico. El trámite del partido fue apasionante pero lo que más me impresionó fue que cuando la gente cantaba y saltaba, la cancha se movía. No es una expresión, el cemento se movía de verdad y las tribunas temblaban. El resultado fue victorioso para mi equipo con dos goles de Palermo. Viví una tarde inolvidable en todos los aspectos descubriendo que a veces el sentimiento le gana a la costumbre.

Estábamos muy felices porque el resultado nos dejaba a pocos puntos de consagrarnos campeones del torneo Apertura. Fue en ese momento que me di cuenta de la nostalgia que me daba la finalización del encuentro, hubiera querido que fuera eterno para no tener que volverme al sur y poder seguir disfrutando de papá unos días más. A mi visita le quedaban unas horas, por eso decidimos volver a su casa para pasar los últimos momentos juntos. Durante la cena comentamos las jugadas y revivimos el partido con la misma euforia que lo habíamos vivido en la cancha. Al día siguiente antes de regresar a casa, me abrazó y me prometió que pronto lo íbamos a repetir. Mis ganas de volver a la Capital aumentaron aún más con la esperanza de poder revivir ese domingo en los próximos partidos de Boca.
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